Las escuelas pueden enseñar mucho más que leer, escribir, matemáticas y ciencia. Los programas escolares pueden enseñar también a los jóvenes cómo manejar la ira, cómo resolver conflictos, cómo respirar, sonreír y transformar. Puede haber una revolución en la educación.

Thich Nhat Hanh

 

Respira y Sonríe es un proyecto de formación en Cultura de la Paz a través del Mindfulness y el Yoga que está dirigido a jóvenes entre los grados sexto y once, vinculados a Instituciones Educativas de las ciudades de Pereira y Dosquebradas. Su propósito es apoyar la construcción de una Cultura de la Paz que parte del ámbito individual e interior (conciencia de mí mismo) para llegar luego progresivamente al ámbito de lo público y lo político (conciencia del otro y de mis relaciones con él). Como dice la caligrafía del célebre maestro Zen Thich Nhat Hanh, “Paz en mí mismo, paz en el mundo”.

Respira y Sonríe comparte con los jóvenes, con una metodología lúdica y probada en la experiencia con cientos de grupos, las herramientas de paz que nos ofrecen el Yoga y el Mindfulness, adaptadas a su edad y a sus circunstancias, y con una orientación eminentemente práctica, es decir, dirigida al hacer y a la vivencia. Dentro de los muchos beneficios que los jóvenes obtienen de este tipo de prácticas, se destacan:

  1. Mayor calma y estabilidad: la respiración consciente, la meditación, la relajación profunda y otras prácticas pueden ayudarnos a relajar el cuerpo y la mente, a reducir el estrés y la ansiedad y a encontrar la paz en nosotros independientemente de las circunstancias.
  2. Autorregulación emocional: es fácil que las emociones fuertes, como la ira, la tristeza o la frustración, nos arrastren consigo, llevándonos a actuar de manera irreflexiva y muchas veces violenta hacia nosotros mismos y hacia los demás. Yoga y Mindfulness nos enseñan a conocer y observar nuestras emociones de manera imparcial, reconociendo sus raíces y sus efectos (hábitos mentales), de modo que podemos advertirlas cuando surgen y cambiar la manera en que reaccionamos a ellas, desarrollando un patrón de conducta menos reactivo y más compasivo.
  3. Mayor capacidad de atención y concentración: Yoga y Mindfulness nos enseñan a no perdernos en la corriente de nuestros pensamientos, de modo que podamos enfocarnos en lo que ocurre aquí y ahora, en el momento presente. De este modo aclaramos nuestra mente y cultivamos en ella sentimientos de felicidad y conexión con los demás y con el planeta. Incrementamos además nuestra capacidad de concentración, logrando desempeñarnos mejor e ir más profundo en aquello que deseemos.
  4. Mayor compasión y empatía hacia los demás: al familiarizarnos con nuestros propios pensamientos y emociones, y comprender el funcionamiento de nuestra mente, obtenemos un entendimiento más profundo de las emociones y pensamientos de los demás, generando comprensión y compasión hacia ellos. De esta manera podemos transformar nuestros sentimientos de ira y enojo hacia los demás, y convertirlos en un deseo genuino de ayudarlos. Aprendemos que si los otros sufren, yo sufro; y de esta comprensión surge la habilidad de la empatía, de la conexión con el otro, y de ella la solidaridad.
  5. Resiliencia ante el cambio y los momentos difíciles: al calmar la mente y el cuerpo, podemos ver las cosas con mayor objetividad, aceptando los ciclos naturales de altos y bajos que se presentan en nuestra vida, manejando mejor el fracaso y manteniendo el balance en momentos difíciles. Yoga y Mindfulness ayudan a los jóvenes, en una fase turbulenta y estresante de sus vidas, a encontrar un núcleo de estabilidad y calma desde el cual enfrentarse a los desafíos de su cotidianidad.
  6. Crear: es producir algo nuevo. Cuando creamos estabilidad en nuestro interior y reducimos el miedo y la ansiedad, nuestra mente está lista para interactuar de manera nuevas y creativas con nuestro contexto, así como para desarrollar maneras nuevas de transitar las situaciones cotidianas.

Durante el año 2019 Respira y Sonríe se ejecutó en la Institución Educativa de la vereda Mundo Nuevo de la Ciudad de Pereira, implementando un programa de 12 semanas de duración en la que cada grupo de estudiantes recibió una hora semanal de meditación y yoga.

Al final del programa se aplicó una encuesta de percepción a los participantes, que arrojó los siguientes resultados:

El 98% de los participantes afirmó que el taller le ayudó a reducir tus niveles de estrés y ansiedad

El 95% de los participantes afirmó que el taller le permitió aprender a cuidar mejor de sus emociones

El 82 % de los participantes afirmó  que el taller le ha ayudado a tener más resiliencia frente a las situaciones difíciles

El 77% de los participantes cree que el taller le ha ayudado a tener más empatía y a relacionarse mejor con otras personas

El 93% de los participantes afirmó que el taller le ha ayudado a confiar más en sí mismo y a darse valor

El 100% de los participantes recomendaría el taller a otros jóvenes

En el espacio que se ofreció para que cada participante resumiera su experiencia durante el taller, se recibieron impresiones como:

Sólo queda agradecer por hacerme sentir viva, porque llegaron en el justo momento en que sentía que muchas cosas no tenían sentido y dejaba a un lado las cosas lindas que habían pasado durante todo mi día para ponerle más atención a aquellas pequeñas cosas que no eran tan buenas. Gracias por enseñarme a sentir mi respiración y plasmar todos mis sentimientos en libreticas que liberan el alma… Simplemente gracias por volverme a hacer sentir viva y valorar las pequeñas cosas que llenan el alma.

Más que otra cosa me siento agradecido por darme cuenta de que hay que a veces revisar un poco el interior para expresar así una buena energía en el exterior.

Empezaré diciendo y dedicándoles un gran gracias, ver cómo hay personas que sin importar lo desastrosa o caótica que es la vida siempre hay una sonrisa dibujada en rostros tan iluminados es algo que sin duda me hizo dudar en el por qué de mi caos y por qué debía vivir con algo que realmente no me pertenecía, sin lugar a dudas este taller es algo que te cambia, que te cambia de la mejor manera, te libera y te enseña lo que es realmente importante.

Después de las meditaciones me sentía en un viaje impresionante jajaja

En el tiempo que estuve en el taller creo que logré encontrar mi ser interior, y aunque al principio creí que esto era solo por perder clase, con el tiempo me di cuenta que es mucho más que esto, que con esta meditación que ustedes nos brindaron me sentí viva, volví a creer en mí y a encontrarle valor a mi vida, también a encontrarle el sentido a la misma. Porque sinceramente yo estaba deprimida por algo que pasó y pues con esto me volví a sentir y recordé la persona que soy y lo que puedo llegar a ser.

El taller (cada uno de ellos) fue un lapso de escape (o ahora lo puedo llamar conexión) donde me volvía un poquito ajena al caos del diario vivir. El taller significó encontrar respuestas absolutamente determinantes sin la necesidad de formular preguntas; hallando las respuestas a cómo vivir y conocerme dentro de mí. Fue una forma de conexión, tanto con la vida como consigo misma; una liberación de cargas acumuladas; un vibrar en la sintonía del universo; y hacer una de las afirmaciones más complejas… “aceptar que lo que sea que pase y sienta está bien y es bienvenido”. El taller fue una aceptación a mis realidades humanas que siempre intento descifrar, pero he podido entender que no se trata sólo de conocer, se trata de aceptar… y respirar y sonreír. Fue una gran experiencia y una calma para este caos.

Sus talleres me ayudaron mucho, eran una forma de escape, de poder liberar todos esos miedos, ese estrés que no me dejaba dormir, me gustaron mucho las clases de relajación porque nos debíamos hacer conscientes de las partes de nuestro cuerpo y nos ayudaban a liberar todo el estrés acumulado en ellas que no sabíamos que estaba allí, me gustaron las clases donde escribimos porque en ellas nos podíamos liberar y ser nosotros mismos sin que nadie nos juzgara.

Sentí que los problemas, adversidades y demás cosas que agobian el alma, coartan el ser y reprimen lo que sientes fueron desapareciendo poco a poco. Las dudas, miedos, incertidumbres se erradicaban de mi ser. Siempre estuve crédulo a la meditación, ésta me liberó, me regocijó en su concepto, y me permitió ver con más claridad lo que parecía nublado. Fue un puente que me ayudaba a atravesar el camino de la adversidad, la contraposición y los malos deseos, hacia el sendero de la felicidad, la armonía y la conexión con cosas de mí mismo. Nunca pude ver el yo interior, nunca pude divisar que las cosas que recibía de ese yo eran propias y me pertenecían, hasta que encontré respuestas en ustedes.

Me ayudó a manejar mis emociones y a tomarme los problemas con más calma, me ayudó a soltar problemas que tenía desde hace mucho tiempo, mi yo interior me ayudó a solucionar mis preguntas justo cuando se piensa que estaba solo.

Mariana, admiro tu libertad y tu sensibilidad, tu cabello también es genial, extraño tu color morado.

En ocasiones la verdad me sentí a gusto con el taller, pero en ocasiones no, tuve momentos de inseguridad y la verdad no me ayudó mucho con mi amor propio. No creo mucho en mí misma, no me tengo la confianza suficiente. Pero sí recomendaría este taller, porque sé que a algunas personas sí les puede servir.

Me encontré conmigo mismo sintiendo una paz y libertad interior.

En las primeras clases del taller me encontraba algo incrédulo. Se me dificultaba establecer una conexión espiritual conmigo mismo tal vez por miedo, pero con el tiempo y práctica comencé a sentirme más ligero, más tranquilo, y a entender que aunque la vida me presente situaciones difíciles, es posible enfrentarlas y superarlas. Gracias por enseñarme ese mundo interior al cual tenía miedo.

Agradecerles por ayudarme a encontrar (descubrir) ese ser interior que llevo dentro, ya que gracias a esto yo encontré un apoyo que (innecesariamente) estaba buscando en otras personas y esto me ha ayudado a tener más confianza conmigo mismo.

Me di cuenta que valgo y merezco mucho más de lo que to creía, ya que lastimosamente siempre fui una persona muy insegura de mí misma, y de lo que hago con ustedes aprendí que soy muy valiente así no lo crea y que la única que a veces importa más soy yo y que cada vez que me enoje o quiera gritar primero debo pensar muy bien antes de actuar y que soy hermosa por fuera y por dentro.

Al principio sinceramente pensé que iba a ser algo aburridor pero cuando nos empezaron a dar las clases cambió mi forma de pensar porque nos ayudaron con las meditaciones a darnos valor, a controlar nuestras emociones y es algo chévere porque a veces no encontramos ayuda pero en estas clases sí.

Siento que puedo confiar más en mí, me puedo relajar, desestresarme… He conocido y he detallado cada emoción, la verdad no me había puesto a detallar cada una y aprendí a sacar miedos o temores de mí.

Esperamos continuar durante el 2020 con el trabajo que se ha venido realizando y seguir sembrando semillas de paz en los corazones de los niños y jóvenes de nuestra ciudad.

Un par de semanas atrás, un joven se suicidó saltando del octavo piso de un edificio de la Universidad Javeriana. Se llamaba Jhonnier. Estudiaba sexto semestre de Ingeniería de Sistemas. Estaba becado como parte del programa Ser Pilo Paga. Venía de Arauca. Su muerte tuvo una enorme repercusión en los medios de comunicación. Sabemos muy poco más de él, de lo que sentía, de lo que pensaba. 

Hace unos seis meses, en Pereira vivimos una ola de suicidios juveniles. Dos estudiantes de un mismo colegio se suicidaron en días consecutivos. Uno de ellos dejó una carta diciendo que habrían más suicidios. Cundió el pánico general, y por supuesto apareció la necesidad de detectar un responsable, de explicarse lo inexplicable. Los medios dijeron que todo se debía a una cadena de WhatsApp, que había que estar pendiente de las redes, ejercer más control. Se activaron las rutas de acción, los planes de emergencia, todo. En todas partes aparecieron las preguntas: ¿cómo hacemos para evitar los suicidios? ¿cómo mejoramos la atención psicológica en las universidades y colegios? ¿cómo protegemos a los jóvenes de las influencias dañinas en internet?

Creo que la mejor manera de honrar la vida de esos jóvenes que ya no están es cambiar la dirección de estas preguntas. Dejar por un momento de preguntarnos qué podemos hacer por ellos, cómo podemos arreglarlos. Considerarlos como seres empoderados y conscientes, no como víctimas. Y preguntarnos qué están intentando decirnos acerca de nosotros. Qué es aquello que no pudieron expresar de otra manera distinta a terminar con su vida. Porque ese silencio es sin duda un mensaje.

Somos invisibles. Caminamos sobre la tierra y nuestros pasos no dejan huella. Hablamos y nadie escucha. Estamos solos. Nos sentamos en los rincones. Ocupamos el menor espacio posible para no molestar. No le encontramos sentido al mundo. No encontramos respuestas. En nuestro corazón hay un vacío que nada puede llenar. Hay ira. Hay miedo. Nadie entiende nuestra ira y nuestro miedo. Nos los tragamos para que los demás se sientan bien. Fingimos fuerza. Quieren que encajemos. Que sigamos adelante. Está bien. Está mal. Quieren que apaguemos la incertidumbre en nuestro corazón. Pero está ahí con cada latido. Preguntas: ¿de esto se trata la vida? ¿existe el futuro? ¿algún día se acaba el dolor? ¿queda alguien coherente en el mundo? ¿hay alguien que nos quiera por quien realmente somos? ¿qué hay de malo con nosotros? ¿por qué no se puede decir la verdad? Nos dan pastillas, tratamientos, anestesias. Pero nada nos hace dejar de sentir. Nos escapamos en las drogas, las adicciones, el sexo. ¿Qué hacemos si nacimos con un corazón abierto en medio del caos? Callar, quedarse quieto, seguir adelante, sacrificarse. Eso dicen los falsos profetas, los que no saben, los que no sienten, los que se han encerrado a sí mismos en un rincón de sus corazones. Nuestro corazón no aguanta más. Nuestro planeta no aguanta más. Necesitamos despertar. Todos. Estamos perdidos, extraviados. No se trata de nosotros. Se trata de todos. Nosotros sólo somos las antenas del dolor del mundo. Somos los mensajeros de ese dolor, ese miedo. Somos invisibles, inaudibles, pero de algún modo tenemos que ser vistos y oídos. Tenemos algo importante que decir. Por favor escuchen. Escuchen. Escuchen. Escuchen. No cierren su corazón. Los seres que estamos viniendo al mundo llegamos para convertirlo de nuevo en un jardín, no para continuar con la guerra y la destrucción. Estamos aquí para sanar heridas colectivas, ancestrales. Estamos aquí para ascender juntos a un nuevo nivel de consciencia. Escuchen. Escuchen. Escuchen. Que los que vengan después de nosotros encuentren un espacio seguro para ser ellos mismos y brillar su luz. Que los que vengan después de nosotros ya no se sientan solos y aislados. Que los que vengan después de nosotros ya no sean invisibles. Que ustedes puedan mirarse y reconocer en su interior los jóvenes que fueron. Los que no habían perdido la esperanza. Y que puedan amar esos jóvenes que fueron. Y que al amarlos, puedan amarnos a nosotros. Comprendernos. Vernos. E iniciar la sanación del planeta.

Es responsabilidad de los adultos crear un mundo en el que los niños y jóvenes puedan sentirse seguros y a salvo. Es nuestra responsabilidad crear un mundo en el que cada cual pueda ser sin temor a la discriminación, a la separación, al abuso. Es nuestra responsabilidad crear un mundo en el que nuestros niños y jóvenes quieran quedarse. En el que nosotros queramos quedarnos. Quedarnos en serio. ¿Quién se quedaría a vivir en una casa en llamas? Porque eso es justo lo que estamos haciendo. Y todo empieza por escuchar, por reconocer. Por ver en cada niño y joven un interlocutor, un ser completo, un sujeto de derechos. Alguien a quien amar, no sólo alguien a quién educar, “preparar para el futuro”. ¿Cual futuro? Ciertamente no el que ellos desearían. 

Amar, escuchar, ver. Qué verbos tan hermosos. Y qué prácticas tan profundas.

A menudo digo, medio en broma medio en serio, que soy un maestro de la ira. Que tengo 38 años de experiencia en estar enojado.

Siempre he tenido a la ira ahí, a mano. Desde muy pequeño vi a mi papá enojarse. Vi enojarse a mis hermanos, a mis amigos, a mis profesores, a los políticos en la televisión, a los superhéroes y a los vaqueros. Los vi golpear, gritar, humillar, herir, discriminar, fulminar al malo, invadir países en nombre de la ira. Con la ira como excusa.

He hecho de todo con mi ira: la he usado para conseguir lo que deseo, para no hacer lo que no quiero hacer, para que me den la razón, para que me dejen tranquilo, para que no se me acerquen, para que no se den cuenta de que estoy triste, para que no sepan que tengo miedo, para poder decir lo que realmente pienso, para conectarme con otros que también tienen ira, para darme fuerzas para levantarme de la cama, para no tener que tomar acción real sino sólo indignarme, para tener derecho a ser cortante, para tener derecho a herir, para tener derecho a tomar venganza, para esconderme y rumiar mis pensamientos sin sentirme culpable, para justificar lo injustificable, para hacerme a un lado, para evadir la responsabilidad de mis actos, para que la gente que quiero se preocupe por mí, para que me escuchen, para sabotearme, para castigar, para castigarme, para controlar, para creer que tengo poder, para imponerme, para intimidar. Y para otro montón de cosas que por ahora no recuerdo.

Hace unos años, en una videollamada con mi profesor de meditación, yo estaba hablando con él de algo de mi infancia. De algo que me dolía mucho. Y él tecleaba y tecleaba mientras me escuchaba. El sonido de ese tecleo, que entendí como muestra de desinterés, como una ofensa personal, empezó a enojarme de manera increíble. Y se lo dije. Con pablaras secas, cambiando el tono de mi voz, retirando el amor que sentía y siento por él y reemplazándolo por una energía de culpa y reclamo. Mi profesor se dio cuenta, por supuesto, de mi enojo. Y no dejó de teclear. Me dijo que estaba bien estar enojado, pero que el único derecho que estar enojado me daba era sentir mi ira. Nada más. Él no se enojó conmigo. No reaccionó con ira a mi ira. Me pidió que cerrara los ojos e invitara a mi niño interior enojado a un lugar seguro en mi corazón, y que allí le permitiera hacer lo que quisiera. Destruirlo todo si era lo que deseaba. Sin juzgarlo. Amándolo. Lo siguiente no me lo dijo, pero me quedó claro: igual que él estaba haciendo conmigo. Dejando que una avalancha de ira represada por años, y que salía de mí por explosiones hiriendo a las personas que quiero y a mí mismo, se moviera por primera vez de manera consciente. Y mientras trabajaba con mi niño interior sentí la ira intensamente, y me quemó por dentro.

Y cuando terminó de salir, cuando ese bloque de mi cuerpo de dolor hubo dejado espacio en mi interior, me di cuenta de que debajo de mi ira siempre había estado el miedo. Miedo a no ser amado, a ser rechazado, a ser ignorado, a ser dejado de lado. Miedo a no encajar, a no recibir la aprobación de mis padres y profesores, a no poder expresarme, a estar solo. A ser invisible. Pero dejaré esto para otro post.

Por ahora los invito a que visiten este Streaming que hice sobre la ira para el proyecto Respira y Sonríe y amplíen un poco lo que estoy contando acá. La ira tiene una particularidad, y es que difícil aceptar que no sabemos manejarla. Nos cuesta aceptar que estamos enojados. Y a menudo, al reprimir la ira, nos deprimimos. Transformar la ira es una pieza clave para cultivar la paz y la estabilidad en nuestro interior. Por ahora, no más spoilers. Los dejo con el video. Hasta la próxima.

 

1.

Andrés, en la clase de meditación de ayer, dijo lo siguiente: “Si uno está consciente, cada paso puede ser una experiencia mística”. Y… ojalá. pero parece difícil. Difícil. ¿por qué? Bueno, supongo que en parte se lo tengo que atribuir a la forma en la que nos enseñan a conectarnos con la espiritualidad en Colombia: a través de la religión. Y ¿qué tiene eso? Que la relación con la religión generalmente es lejana e inaprensible. Como los techos de las iglesias a las que asistimos, Dios y el bien y los curas y todo lo religioso parece algo… que está en otra parte y es claramente diferente a nosotros. En nuestra religión y en la práctica de la espiritualidad colombiana nos enseñan que tenemos que esforzarnos por ser mejores, y que el camino para ser mejores, o sea más parecidos a Dios, es el de la renuncia. De nuevo, ¿qué tiene esto? pues que crea la sensación de que siempre estamos en deuda para establecer nuestra conexión con Dios. Creemos que tenemos que cambiar primero para acercarnos a su amor incondicional. Que es imposible que merezcamos y/o podamos acceder a su presencia y bondad siendo nosotros mismos, en nuestras actividades cotidianas, justo en el momento de la vida en el que estamos, sintiéndonos como nos sentimos. Entonces cuando llegamos a la meditación, que entendemos que es una práctica espiritual (y lo es) la relacionamos con la religión y nos parece que tenemos que vincularnos con ella como nos vinculamos con Dios. Nos parece imposible aceptar que podemos recibir la paz y apertura de su práctica de forma inmediata. Creemos que nos tenemos que esforzar para llegar al amor y conexión que nos proporciona. Sentimos que tenemos que superar las “cosas negativas” que pensamos y hacemos antes de poder disfrutarla abiertamente. pero la meditación es todo lo contrario. Nos invita a observar quiénes somos sin juzgarlo (sin juzgarnos). Entiende que la forma de acceder a estados más… elevados, digamos, es aceptando el momento en el que nos encontramos. Y nos pide que no castiguemos a los lugares de nosotros que justamente necesitan más amor. Sí. Es raro. Yo sé. pero es muy emocionante darse permiso de sentir todas las cosas bonitas de la meditación antes de pretender ser perfectos. Y, sobre todo, es muy emocionante darse cuenta de las creencias que uno tiene adentro, en la cabeza, sí, y también inscritas en las paredes del corazón. Desmontarlas y transmutarlas es un proceso liberador. Reconocer que existen y son parte de nosotros nos ayuda a tener compasión por nosotros mismos y por todos los otros que tienen el mismo sistema de creencias. Nos ayuda, entre otras, a saber que la identificación con “lo malo” muchas veces tiene su raíz en sentirse indigno de acceder a sentimientos “buenos” como el amor o la paz. Y… bueno, permitirse practicar la paz y el amor, en este contexto de caos y culpa… es muy punki. *Suspiro*.

 

2.

Este es un diálogo de una de mis series favoritas de Netflix, The OA (Original Angel):

 

    “—Bueno, ehm,… ¿Qué es una casa?

    —¿A qué te refieres?

    —¿Qué es una casa?

    —No lo sé.

    —Sí, lo sabes.

    —Es solo… No sé. ¿Un espacio?

    —Un espacio. Bien. Y ¿qué es un espacio?, ¿una casa?, ¿una escuela?, ¿una iglesia?, ¿una clínica? parte de ti lo sabe, parte de ti siempre lo supo, ¿no es así¿?

[…]

    —Así es que se conectan, ¿verdad? Las dimensiones… A través de espacios. […] pensé que estaba perdiendo la cabeza. 

    —No. Solo estás hallando nuevas habitaciones dentro de ella.”

Y… ¿por qué lo escribo acá? pues porque no puedo evitar pensar en Mundo Nuevo cuando escucho la palabra “Escuela”. Entonces pensar en la escuela, en Mundo Nuevo, como un portal me puso la piel de gallina. A veces no dimensionamos (dimensionamos, ¡ja!) que los lugares de aprendizaje son un lugar de conexión con cosas muy profundas. El otro día, en una meditación con noveno, les propuse que bajaran hasta el centro de la tierra, para sentir su calor y llenarnos de él en el frío de la mañana. Después, cuando llegamos allá con ayuda del tambor y de la respiración, les pedí que invitaran a todos los otros jóvenes de Pereira y el mundo, allá, al centro de magma, a visitarlos. Y fue genial. Creo que casi todos pudimos sentir la fuerza del vínculo que se generaba. De repente, en ese espacio seguro, las preguntas por la soledad, el propósito, las tareas, la obediencia, ¡las preguntas por todo! se potenciaron. La inquietud por el futuro del mundo creció. Y, entonces, cuando se creó el vínculo, empezó a surgir una energía como de lucha. Era una energía tozuda, terca, rebelde, que creía en el amor, en el poder de mantener el corazón abierto y ser auténtico. Ah. Ese día sentí que el colegio, los salones, los uniformes, la declaración simbólica de “estoy en tal grado”, y todo lo que nos rodeaba eran todos códigos a través de los cuales los jóvenes se podían vincular con todos los otros que los usan o han usado. En ese momento sentí que esos símbolos eran puertas y no cadenas. No sé si eso tenga mucho sentido siendo leído, pero intenten hacer ese ejercicio: Mediten sobre los salones de clase, sobre los uniformes, sobre el espacio del colegio, y véanlos, por un momento, como si fueran portales energéticos a todas las dimensiones en las que han existido, e inviten a la energía de todos los seres que los han habitado o usado, a que vengan de visita. ¿No sienten la energía?, ¿no sienten la sangre hervir?, ¿no sienten el poder de estar juntos? Mundo Nuevo (que se llama M u n d o  N  u e v o) fue para mí el permiso, el portal, para recuperar mi fuerza juvenil, para abrir las preguntas que el paso del tiempo me hizo creer que estaban cerradas: ¿Qué significa el colegio?, ¿por qué tengo que hacer las tareas?, ¿puedo faltar a clases si tengo frío?, ¿la educación tiene algún propósito? Y… ahí voy. Nos vemos en el centro de la tierra. Que nadie apague el fuego que mantiene gravitando nuestros corazones.

3.

A ver… No sé cómo decir esto. Lo que voy a decir no es un secreto para nadie, pero aparentemente está mal visto asegurarlo. Ejem. Dos puntos: TODOSLOSPROFESORESTENEMOSESTUDIANTESFAVORITOS. Fiuf. Muchachos, profes, es así: Todos nos conectamos más con algunos de ustedes. Y… sí. Mis niños favoritos, generalmente, son los niños raros. Jaja. En serio: los que no tienen muchos amigos, los empáticos, los solitarios, los que tienen sueños locos, los que saben que pueden hablar con objetos que a otros les parecen inanimados, los silenciosos, los que creen que son invisibles así se cuelguen del cuello unos audífonos morados gigantes. ¡Ja! Y ¿por qué? pues porque yo también era uno de esos niños, y desde mi esquina silenciosa esperaba que algún día alguien notara mi brillo, el sol que siento que me sale de la frente. Hay un cuento que habla de eso y me encanta desde que tengo como once años: “Con el sol entre los ojos”, en el que una niña se da cuenta que es la única que puede notar que Gustavo tiene un sol entre los ojos. (El cuento, por cierto, está en un libro de cuentos de amor entre niños, que se llama “No somos irrompibles” de Elsa Bornemann, que me regaló Andrés, mi tío, el otro profe, hace muchos años, que fue de las primeras personas que notó mi sol). Y… pues… yo me sentía como Gustavo y como la niña. Sabía que yo tenía algo raro y podía ver la rareza (la luz) de los otros. Más adelante, en mi adolescencia, me encontré con otro libro que describía lo mismo. El libro es Demian, de Herman Hesse, y decía que los que tenían una marca en la frente podían ver la marca de los otros. Esa marca, en este caso, era una señal. Y la historia también transcurría en un colegio. Ah. Muchachos, lo que les quiero decir, en el fondo, es que los veo. Que así se escondan detrás de sus gafas, trenzas, chaquetas, monos y bufandas… los vemos. Sabemos qué se siente ser demasiado sensibles. Ehm. Sí. ¿Ustedes lo sintieron?, ¿pudieron ver los caminos que se crearon entre nuestros soles?, ¿saben que pueden volver a recorrerlos cuando se sientan raros, solos? Muchachos invisibles, muchachos raros: Acá estamos. En el fondo sabemos que somos más. Que si quisiéramos y nos juntáramos, podríamos encender el fuego en el mundo: podríamos transformarlo. Brillen su propia luz. ¡Son mis favoritos!

Hace un año estaba sentada en la camilla que me habían asignado en la sala de urgencias, llevaba ya tres o cuatro días allí. Era mi segunda entrada en menos de un mes. Venía de un proceso de sanción de por lo menos un año y medio. El último mes había empeorado a gran velocidad, pero los últimos 10 días prácticamente podía ver como mi cuerpo se desvanecía poco a poco, había perdido prácticamente un kilo diario. En ese momento pesaba 37 kilos. Estaba cansada física, mental y emocionalmente. Había perdido muchas cosas en ese momento pero lo que más me dolía era lo que faltaba por perder. Mi posibilidad de respirar, de ver la luz sobre las montañas en la mañana, de escuchar la risa contagiosa de Andrés y verlo dormir, de acariciar el pelaje de Lito y Shifu, de volver una vez más al Lago Atitlán. Me di cuenta de lo mucho que amaba mi existencia en este magnífico planeta. Supe que no quería irme y sin embargo parecía que debía irme. Algo dentro de mí se despertó. Se relajó. Se entregó a algo más grande. Algo dentro de mí se dio cuenta de la forma más real y concreta de que no estaba separada, de que hacía parte de todo. Una voz dentro de mi dijo “Si esto es todo, hagamos que cada segundo cuente” El mundo en esos días se volvió muy liviano, muy bello, todo tenía esa indescriptible belleza intrínseca, tan difícil de explicar en palabras. Me convertí en cazadora de momentos felices. Los buscaba con insistencia y los encontraba donde fuera que mirara.

Sentada en esa camilla, siendo consciente de la levedad de mi existencia, sabiendo que quizás no podría salir de allí para ver la luz en las montañas o acariciar a los gatos o visitar una vez más a Keith en el Lago Atitlán. Estaba para mí la risa de Andrés, no sé cómo se las arreglaba para reír, pero lo hacía y yo lo agradecía profundamente. Estaban las señoras de las camillas de los lados dándome recetas para la anemia, las enfermeras que trabajaban sin parar y siempre eran amables a pesar de estar tan cansadas, todas las personas que fueron a visitarme y cuidaron de mí, el sonido del agua del grifo, el sonido de mi corazón, el sonido de mi respiración, los pequeños momentos en que lograba descansar, el doctor que me operó y que nunca me habló con miedo o con lástima y que en últimas salvó mi vida, todos mis maestros estaban allí conmigo, Keith y Barbara, Thay, Pao y Gus. Sin sus enseñanzas no habría podido estar preparada para algo así.

Apenas ahora estoy empezando a comprender el impacto de esta experiencia en todos los aspectos de mi vida. Todo lo que aprendí. Lo que pude conocer de mi misma gracias a haber vivido y sobrevivido todo esto. Todavía me parece un sueño, pero en realidad fue más bien un viaje a lo profundo de mi misma, un viaje de transformación y sanación que sacudió todos mis cimientos, un milagro. Gran parte de quien era hace un año, en efecto desapareció. Murió. La persona que soy hoy recuerda todo esto con algo de extrañeza, casi como si le hubiera ocurrido a alguien más. Sin embargo, agradezco cada uno de esos momentos en los que sentí miedo, dolor, cansancio, frustración, ira, desesperanza, desamparo, soledad, tristeza, vergüenza. De cada momento aprendí algo valioso. Cada momento despertó en mí una fuerza que no creía tener, una voluntad de vivir que no conocía, cada momento me hizo transformarme en este nuevo ser que es la versión más feliz, tranquila, compasiva y sabía que recuerdo de mi misma. Tuve mi noche oscura del alma y la sobreviví.

La vereda se llama Mundo Nuevo. Queda saliendo de la ciudad, subiendo la montaña por una carretera destapada en la que se van esquivando ciclistas, jeeps Willys, chivas y perros. Muchos perros. Los gatos no hay que esquivarlos: lo miran a uno pasar mientras toman el sol en los techos.  Igual que las vacas. Vacas enormes de ojos enormes que lo miran a uno subir y subir con cierto escepticismo. Con infinita paciencia. Estos para dónde irán, parecen preguntarse, mientras siguen pastando en medio de un paisaje verde congelado en el tiempo. Ah, y los políticos también miran. Es época de elecciones y en la puerta de cada finca, en las ventanas de las casas, los candidatos sonríen. O intentan hacerlo.

Del otro lado de la montaña, a unos pocos kilómetros de distancia, se alcanza a ver El Remanso, uno de los barrios más calientes de la ciudad. Todos los días, por una trocha que une el barrio y la vereda, transitan numerosos niños y jóvenes que escapan de la drogadicción y la violencia en su barrio, y en Villa Santana y Las Brisas (otros dos barrios cercanos, igual de calientes), en cuyos colegios se viven situaciones muy complicadas, y buscan una mejor educación en el colegio de la vereda. Por las noches, por ese mismo camino, transitan otras personas que se esconden en los recovecos de la carretera para emboscar vehículos y atracar a los estudiantes universitarios que viven en las fincas y suben ya tarde en la noche. El Remanso parece un pesebre tranquilamente instalado en la montaña, pero cuando hay balacera los estruendos de los disparos se escuchan claramente por toda la vereda. Y por las veredas de más arriba también: El Aguacate, La Estrella, el Chocho e incluso La Bella.

Mundo Nuevo y el Remanso se observan mutuamente. Mantienen una conversación silenciosa. Cada tanto, un nuevo grupo de casitas aparece en el horizonte, como otro pequeño paso que la ciudad da para acercarse a la vereda. Y esos pasos se sienten. El paisaje no es lo único que se transforma. Hay un tráfico de gente, palabras, ideas, deseos.

Nosotros somos tres. Mi esposa Gisela, mi sobrina Mariana y yo. Trabajamos juntos. Dos veces a la semana vamos a Mundo Nuevo a compartir con los y las estudiantes del colegio de la vereda. El proyecto en el que trabajamos, que este año 2019 recibió el apoyo del programa de Concertación Nacional del Ministerio de Cultura, se llama Respira y Sonríe. Dura doce semanas, en las que cada grupo con el que trabajamos recibe una hora semanal de meditación. Es el séptimo año consecutivo que realizamos el proyecto, y el segundo consecutivo que visitamos el colegio de Mundo Nuevo.

Los tres somos muy malos madrugando, así que usualmente vamos cogidos de la tarde. Riéndonos y pensando qué nos irá a dar para el desayuno doña Luz, la señora de la tienda, a la hora del descanso.

A menudo nos preguntamos, mientras subimos por la carretera de la vereda, por qué lo hacemos. Por qué madrugamos. Por qué vamos hasta el colegio a sentarnos en círculo con jóvenes entre los 11 y los 19 años para respirar juntos.

Y entonces llega la claridad de sus palabras. En hojas de papel en las que van escribiendo cómo se sienten en los talleres, los jóvenes que participan del programa ponen:

 

“Mi yo interior me ayudó a solucionar mis preguntas justo cuando se piensa que estaba solo”

“Al principio sinceramente pensé que iba a ser algo aburridor pero cuando nos empezaron a dar las clases cambió mi forma de pensar porque nos ayudaron con las meditaciones a darnos valor, a controlar nuestras emociones y es algo chévere porque a veces no encontramos ayuda pero en estas clases sí”

“Sólo queda agradecer por hacerme sentir viva, porque llegaron en el justo momento en que sentía que muchas cosas no tenían sentido y dejaba a un lado las cosas lindas que habían pasado durante todo mi día para ponerle más atención a aquellas pequeñas cosas que no eran tan buenas. Gracias por enseñarme a sentir mi respiración y plasmar todos mis sentimientos en libreticas que liberan el alma… Simplemente gracias por volverme a hacer sentir viva y valorar las pequeñas cosas que llenan el alma”

“Me di cuenta que valgo y merezco mucho más de lo que to creía, ya que lastimosamente siempre fui una persona muy insegura de mí misma, y de lo que hago con ustedes aprendí que soy muy valiente así no lo crea y que la única que a veces importa más soy yo y que cada vez que me enoje o quiera gritar primero debo pensar muy bien antes de actuar y que soy hermosa por fuera y por dentro.”

 

Somos tres. Y mientras vamos dando tumbos de hueco en hueco por la carretera que de Pereira lleva a Mundo Nuevo, sabemos que nuestro viaje tiene sentido. Que no hay nada más divertido ni más profundo que compartir día a día con esos seres mágicos, bellos por fuera y por dentro, que han olvidado su belleza, que a menudo se sienten solos y que piensan que no hay esperanza. Somos tres que vamos a Mundo Nuevo a encontrarnos con los niños invisibles. Para verlos. Para decirles que existen, que son valiosos y que los amamos. Que fuimos como ellos. Que también hubieron días en que pensamos que nadie nos comprendía. Y que también nos sentimos solos. Y que hay una salida. Y que esa salida es hacia dentro, hacia el centro del corazón. Al encuentro de nosotros mismos y de nuestra propia luz. Respirando y sonriendo.

Esta lista aleatoria la hice más o menos un año después de pasar por un estado muy grave de salud.  Fue mi noche oscura del alma. Ese encuentro con la realidad de mi mortalidad me dejó innumerables enseñanzas. Comparto algunas aquí, para mí esto es más un recurso nemotécnico, mi intención es ampliar después sobre algunos puntos. Cuando leo esta lista me doy cuenta de que solo tendrá sentido para quienes hayan pasado por alguna experiencia similar. Está llena de “lugares comunes” que cuando tienes que experimentar tu posible extinción o la de algún ser amado dejan de serlo. En momentos así todo adquiere una profundidad distinta, una profundidad que no es fácil de transmitir en palabras…por lo menos para mi.

  1. Soy mucho, muchísimo más fuerte de lo que creo (y no hablo de fuerza física, aunque también)
  2. Mi cuerpo me ama incondicionalmente y hace todo lo posible para mantenerme en este plano y ayudarme a cumplir mi proposito.
  3. Los síntomas son mensajes que me permiten ver con claridad que lugares de mi misma necesitan ser reconocidos, escuchados aceptados y amados.
  4. El cuerpo sigue a la mente.
  5. El cuerpo puede sanarse a si mismo (Pero tienes que ayudarle quitándote de tu propio camino)
  6. Una vez que dejas te interferir en tu propia sanación la velocidad de recuperación es impresionante.
  7. Tu salud es prioridad. PUNTO.
  8. A veces tus verdaderos amigos no son los que crees que son, no necesariamente son aquellos con los que vas a cenar y conversar. A veces tus verdaderos amigo ni siquiera te caen del todo bien.
  9. La compasión es invaluable.
  10. No puedo hacerlo todo sola.
  11. No tienes que ser fuerte todo el tiempo.
  12. Mi práctica de minfulness fue extremadamente útil en los momentos de crisis y dolor.
  13. Hay algo, energía, dios-diosa, el universo, el campo cuántico, el cosmos, todo lo que existe…que te cuida y te guía.
  14. Permanecer en calma en momentos de crisis es un superpoder.
  15. La felicidad puede estar en lugares y momentos muy leves. Me convertí en cazadora de momentos felices.
  16. Puedo comer lo que quiera. (Sin exceso)
  17. Las emociones y sufrimientos no procesados te enferman. Literalmente.
  18. Gente que trabaja en salud: ¿Que tal entrenarse en empatía?
  19. TODO ES UN REGALO
  20. Tal vez no tienes tanto tiempo como crees. Aprende a aclarar tus prioridades.
  21. Nada esta separado.
  22. Otro superpoder: Quedarme dormida meditando en el dolor.
  23. Aprendí a no sentirme culpable por necesitar tiempo para descansar.
  24. Descubrí los libros del Medical Medium.
  25. Aprendí un montón sobre detox
  26. Aprendí a sentir mi cuerpo energético.
  27. Aprendí sobre masajes abdominales.
  28. Supe que el amor por mi esposo me salvó. Supe que su amor por mi me salvó.
  29. Aprendí que el amor es el verdadero poder.
  30. Quieres hacer reír a Dios. Cuéntale tus planes.
  31. Nada como una crisis para disolver prejuicios y limites auto impuestos.
  32. NADA CAMBIA HASTA QUE TU LO HACES
  33. ¿Volvería a pasar por todo esto? Sin dudarlo. Nunca hubiera aprendido tanto en tan poco tiempo.

Respira y Sonríe es un proyecto de Mindfulness y Cultura de la Paz dirigido a adolescentes. El año 2019 el proyecto fue recibido por la Institución Educativa Mundo Nuevo, una vereda cercana a la ciudad de Pereira.

Trabajar con los jóvenes de Mundo Nuevo fue para mí una experiencia extremadamente enriquecedora, llevo ya unos 4 años trabajando con jóvenes y la verdad todavía siento algo de miedo cuando entro a un grupo de muchachos. Todas las mañanas sin excepción me sentí nerviosa al principio del día. Fue una experiencia retadora,no por ellos que en realidad fueron muy amables, sino por mí, por mi propia adolescente interior.

Cuando trabajas con adolescentes en entornos escolares hay que encontrar formas alternativas de saber qué piensan y cómo se sienten, a excepción de unos pocos nunca te darán esa información de forma voluntaria y mucho menos en presencia de sus compañeros, nada que los haga parecer sensibles, es decir “débiles”, nada que los haga parecer especiales, diferentes, es decir “raros”.

Esto deja por fuera prácticamente toda oportunidad de crear un espacio de confianza, de intimidad que permita ir más profundo en el viaje de conocerse a sí mismo, su rostro permanece neutro mientras tú intentas decir algo que los inspire, algo que los haga sentirse seguros, algo que los haga recordar que son hermosos tal y como son. Difícilmente te dirán en voz alta nada sobre su mundo interno, tendrás que adivinar, trabajar a tientas, a veces parece que están completamente aburridos, desinteresados y en realidad están escuchando cada palabra que dices, están poniéndote a prueba. Están asegurándose de que no eres un adulto más que intentará imponer su visión del mundo sobre ellos. Sobre todo quieren saber si eres otro adulto que dice una cosa pero hace otra. Quieren saber si hay coherencia, es decir seguridad, raíz.

Para acercarme a ellos tuve que conectar con mi adolescente interior, con lo que viví y sentí siendo adolescente, el deseo de ser reconocida por mis pares y el terror de que no lo hicieran, el profundo deseo de ser protegida por los adultos, y al mismo tiempo querer que me dejaran ser y explorar, sentirme completamente perdida y sin propósito, aprender tantas cosas acerca de cómo funciona el mundo sin tener realmente ninguna guía, nadie que te hable honestamente sobre ciertos temas tabú, la idea de que mi existencia era innecesaria, tener tanta ira en mi interior, tener tanta tristeza y miedo, sentirme tan avergonzada de mí misma que prácticamente no podía respirar, sentirme fea, mi complejo de inferioridad/superioridad dependiendo de con quien me encontrara.

Todo esto tuve que mirarlo de nuevo, encontrarlo, reconocerlo y abrazarlo muchas veces en plena clase. Muchas veces sintiendo que a pesar de mis años de experiencia enseñando Mindfulness, meditación y yoga a todo tipo de personas, en todos los rangos de edad, en todos los entornos posibles, no sabía qué hacer. Sólo sabía que no quería verter sobre ellos la responsabilidad de hacerme sentir bien, que no quería obligarlos a estar interesados porque simplemente no es posible obligar a nadie a interesarse, no quería pasar horas con ellos actuando como si todo estuviera perfectamente bien simplemente porque estaban en silencio, es decir “juiciosos”.

Una vez escuché una conferencia de María Teresa Andruetto en la que insistía una y otra vez en que los niños y jóvenes eran sujetos de derecho y que sus derechos por estar en estado de indefensión prevalecían a los de los adultos. Cada día entiendo más: qué tan profundamente estamos heridos como sociedad, como cultura, todos fuimos violentados, irrespetados, tratados como menos que humanos por los adultos, y parecía normal porque éramos niños, niñas o jóvenes y no teníamos poder para defendernos.

Mi acuerdo interno cuando trabajo con niñas, niños y adolescentes es tratarlos con el mismo respeto con que trataría a un adulto, nunca grito, no uso tonos irónicos o déspotas en mi voz, no los ridiculizo, no los obligo a estar de acuerdo conmigo, no los intimido…bueno, a veces todavía los regaño, y ya sabemos que los regaños son un dispositivo de intimidación, se puede poner límites y ser claros de forma tranquila y amorosa. Esto me pasa especialmente cuando estoy cansada, y no sé qué hacer y me siento insuficiente como educadora. Muchas mañanas en las que sentía nervios por no saber qué hacer para que la actividad fluyera con algún grupo lo único que podía pensar era “lo que sea que pase no los voy a regañar” y pedía ayuda al universo para no reaccionar de forma agresiva, para recordar que no estoy siendo atacada, que no es personal y que todos son seres de luz, seres humanos, sujetos de derecho.

Los jóvenes de Mundo Nuevo me han enseñado cómo ser una mejor persona, ayudaron a sanar a mi adolescente interior, y en las cosas que escribieron (escribir funciona un montón) nos contaron que habían encontrado refugio en sus corazones, que al principio no confiaron mucho en nosotros y en lo que les proponíamos pero que luego sí, que les encantó visualizar y buscar su animal tótem, que aprendieron a calmarse en momentos de estrés, a calmar emociones difíciles, que aprendieron que son valiosos y que su valor no depende de lo que hagan, algunos nos contaron que les gusta meditar porque hay que estar quieto mucho tiempo, otros que no les gustó el yoga o estiramientos como ellos lo llaman porque les dolía el cuerpo.

Todos dijeron que recomendarían el taller a un amigo. TODOS.

 

Muchas veces sentimos miedo, ira, tristeza o ansiedad, pero no queremos sentirlos. Invertimos una gran parte de nuestra energía en pelear y resistirnos contra lo que sea que estemos experimentando, y entre más nos resistimos más duele.

Cuando peleamos contra el aburrimiento, nos aburrimos más. Cuando peleamos contra la depresión, se vuelve más profunda. Y empieza a crecer en nuestro interior un sentimiento de ira contra nosotros mismos, de frustración porque no nos gusta estar sintiendo lo que sentimos.

Nuestros sentimientos son como nubes. Algunas de ellos son brillantes, agradables y queremos que se queden por mucho tiempo. Otros son oscuros, dan miedo y sólo queremos que se vayan. Pero detrás de todas las nubes, sean como sean, siempre hay un cielo azul, espacioso y libre.

Esta meditación puede ayudarte a conectar cada vez que lo necesites con ese cielo azul, creando espacio en tu interior para no ser arrastrado por tus pensamientos o emociones fuertes.

Cuando, a través de la práctica, nos damos cuenta de que, como el cielo, podemos contener toda clase de nubes, y de que las nubes vienen y van cambiando incensamente, generamos más estabilidad y fuerza interior, y aprendemos a no pelear con lo que tenemos dentro, sino a recibirlo amistosamente y a darle tiempo para que, una vez cumplida su misión, siga su camino.

Feliz práctica!

¿Has sentido que no puedes parar de pensar y preocuparte? ¿Que a veces ni siquiera puedes dormir bien porque la voz en tu mente nunca deja de hablar?

Cuando esto nos pasa, es como si estuviéramos fuera de nosotros mismos, elevados, embombados. Nuestra mente flota lejos, viajando sin control de un lugar a otro (al pasado, al futuro, a lo que pensamos de los demás, a las canciones que nos gustan…)

Después de un tiempo de estar así, nos sentimos cansados, aburridos, incluso tristes. Nos cuesta trabajo concentrarnos y sólo queremos que nos dejen en paz.

A veces todo parece oscuro. Hay miedo y ansiedad, y no podemos controlarlos.

El Mindfulness es una manera muy sencilla de parar la mente y relajarnos. Prestando atención a nuestra respiración, nuestros sentidos y nuestro cuerpo, bajamos la mente de vuelta al momento presente y la dejamos descansar en lugares que nos ayudan a sentirnos vivos y en paz.

Soltamos todo lo que nos arrastra lejos de nosotros mismos y creamos un espacio de tranquilidad en nuestro interior que nos recarga y nos calma. Nos dejamos llevar por el vaivén de nuestra inhalación y nuestra exhalación, y generamos felicidad y alegría en nuestro interior.

De este modo creamos espacio en nuestra mente, que se siente más espaciosa y libre. Calmamos nuestros pensamientos y emociones, y podemos comprenderlos mejor.

Te invito a practicar un breve ejercicio para que experimentes por ti mismo el efecto relajante de la práctica. Busca un lugar tranquilo, ponte tus audífonos y disfruta del siguiente ejercicio guiado.