Amar. Escuchar. Ver.

Un par de semanas atrás, un joven se suicidó saltando del octavo piso de un edificio de la Universidad Javeriana. Se llamaba Jhonnier. Estudiaba sexto semestre de Ingeniería de Sistemas. Estaba becado como parte del programa Ser Pilo Paga. Venía de Arauca. Su muerte tuvo una enorme repercusión en los medios de comunicación. Sabemos muy poco más de él, de lo que sentía, de lo que pensaba. 

Hace unos seis meses, en Pereira vivimos una ola de suicidios juveniles. Dos estudiantes de un mismo colegio se suicidaron en días consecutivos. Uno de ellos dejó una carta diciendo que habrían más suicidios. Cundió el pánico general, y por supuesto apareció la necesidad de detectar un responsable, de explicarse lo inexplicable. Los medios dijeron que todo se debía a una cadena de WhatsApp, que había que estar pendiente de las redes, ejercer más control. Se activaron las rutas de acción, los planes de emergencia, todo. En todas partes aparecieron las preguntas: ¿cómo hacemos para evitar los suicidios? ¿cómo mejoramos la atención psicológica en las universidades y colegios? ¿cómo protegemos a los jóvenes de las influencias dañinas en internet?

Creo que la mejor manera de honrar la vida de esos jóvenes que ya no están es cambiar la dirección de estas preguntas. Dejar por un momento de preguntarnos qué podemos hacer por ellos, cómo podemos arreglarlos. Considerarlos como seres empoderados y conscientes, no como víctimas. Y preguntarnos qué están intentando decirnos acerca de nosotros. Qué es aquello que no pudieron expresar de otra manera distinta a terminar con su vida. Porque ese silencio es sin duda un mensaje.

Somos invisibles. Caminamos sobre la tierra y nuestros pasos no dejan huella. Hablamos y nadie escucha. Estamos solos. Nos sentamos en los rincones. Ocupamos el menor espacio posible para no molestar. No le encontramos sentido al mundo. No encontramos respuestas. En nuestro corazón hay un vacío que nada puede llenar. Hay ira. Hay miedo. Nadie entiende nuestra ira y nuestro miedo. Nos los tragamos para que los demás se sientan bien. Fingimos fuerza. Quieren que encajemos. Que sigamos adelante. Está bien. Está mal. Quieren que apaguemos la incertidumbre en nuestro corazón. Pero está ahí con cada latido. Preguntas: ¿de esto se trata la vida? ¿existe el futuro? ¿algún día se acaba el dolor? ¿queda alguien coherente en el mundo? ¿hay alguien que nos quiera por quien realmente somos? ¿qué hay de malo con nosotros? ¿por qué no se puede decir la verdad? Nos dan pastillas, tratamientos, anestesias. Pero nada nos hace dejar de sentir. Nos escapamos en las drogas, las adicciones, el sexo. ¿Qué hacemos si nacimos con un corazón abierto en medio del caos? Callar, quedarse quieto, seguir adelante, sacrificarse. Eso dicen los falsos profetas, los que no saben, los que no sienten, los que se han encerrado a sí mismos en un rincón de sus corazones. Nuestro corazón no aguanta más. Nuestro planeta no aguanta más. Necesitamos despertar. Todos. Estamos perdidos, extraviados. No se trata de nosotros. Se trata de todos. Nosotros sólo somos las antenas del dolor del mundo. Somos los mensajeros de ese dolor, ese miedo. Somos invisibles, inaudibles, pero de algún modo tenemos que ser vistos y oídos. Tenemos algo importante que decir. Por favor escuchen. Escuchen. Escuchen. Escuchen. No cierren su corazón. Los seres que estamos viniendo al mundo llegamos para convertirlo de nuevo en un jardín, no para continuar con la guerra y la destrucción. Estamos aquí para sanar heridas colectivas, ancestrales. Estamos aquí para ascender juntos a un nuevo nivel de consciencia. Escuchen. Escuchen. Escuchen. Que los que vengan después de nosotros encuentren un espacio seguro para ser ellos mismos y brillar su luz. Que los que vengan después de nosotros ya no se sientan solos y aislados. Que los que vengan después de nosotros ya no sean invisibles. Que ustedes puedan mirarse y reconocer en su interior los jóvenes que fueron. Los que no habían perdido la esperanza. Y que puedan amar esos jóvenes que fueron. Y que al amarlos, puedan amarnos a nosotros. Comprendernos. Vernos. E iniciar la sanación del planeta.

Es responsabilidad de los adultos crear un mundo en el que los niños y jóvenes puedan sentirse seguros y a salvo. Es nuestra responsabilidad crear un mundo en el que cada cual pueda ser sin temor a la discriminación, a la separación, al abuso. Es nuestra responsabilidad crear un mundo en el que nuestros niños y jóvenes quieran quedarse. En el que nosotros queramos quedarnos. Quedarnos en serio. ¿Quién se quedaría a vivir en una casa en llamas? Porque eso es justo lo que estamos haciendo. Y todo empieza por escuchar, por reconocer. Por ver en cada niño y joven un interlocutor, un ser completo, un sujeto de derechos. Alguien a quien amar, no sólo alguien a quién educar, “preparar para el futuro”. ¿Cual futuro? Ciertamente no el que ellos desearían. 

Amar, escuchar, ver. Qué verbos tan hermosos. Y qué prácticas tan profundas.

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