Debajo de mi ira estaba el miedo

A menudo digo, medio en broma medio en serio, que soy un maestro de la ira. Que tengo 38 años de experiencia en estar enojado.

Siempre he tenido a la ira ahí, a mano. Desde muy pequeño vi a mi papá enojarse. Vi enojarse a mis hermanos, a mis amigos, a mis profesores, a los políticos en la televisión, a los superhéroes y a los vaqueros. Los vi golpear, gritar, humillar, herir, discriminar, fulminar al malo, invadir países en nombre de la ira. Con la ira como excusa.

He hecho de todo con mi ira: la he usado para conseguir lo que deseo, para no hacer lo que no quiero hacer, para que me den la razón, para que me dejen tranquilo, para que no se me acerquen, para que no se den cuenta de que estoy triste, para que no sepan que tengo miedo, para poder decir lo que realmente pienso, para conectarme con otros que también tienen ira, para darme fuerzas para levantarme de la cama, para no tener que tomar acción real sino sólo indignarme, para tener derecho a ser cortante, para tener derecho a herir, para tener derecho a tomar venganza, para esconderme y rumiar mis pensamientos sin sentirme culpable, para justificar lo injustificable, para hacerme a un lado, para evadir la responsabilidad de mis actos, para que la gente que quiero se preocupe por mí, para que me escuchen, para sabotearme, para castigar, para castigarme, para controlar, para creer que tengo poder, para imponerme, para intimidar. Y para otro montón de cosas que por ahora no recuerdo.

Hace unos años, en una videollamada con mi profesor de meditación, yo estaba hablando con él de algo de mi infancia. De algo que me dolía mucho. Y él tecleaba y tecleaba mientras me escuchaba. El sonido de ese tecleo, que entendí como muestra de desinterés, como una ofensa personal, empezó a enojarme de manera increíble. Y se lo dije. Con pablaras secas, cambiando el tono de mi voz, retirando el amor que sentía y siento por él y reemplazándolo por una energía de culpa y reclamo. Mi profesor se dio cuenta, por supuesto, de mi enojo. Y no dejó de teclear. Me dijo que estaba bien estar enojado, pero que el único derecho que estar enojado me daba era sentir mi ira. Nada más. Él no se enojó conmigo. No reaccionó con ira a mi ira. Me pidió que cerrara los ojos e invitara a mi niño interior enojado a un lugar seguro en mi corazón, y que allí le permitiera hacer lo que quisiera. Destruirlo todo si era lo que deseaba. Sin juzgarlo. Amándolo. Lo siguiente no me lo dijo, pero me quedó claro: igual que él estaba haciendo conmigo. Dejando que una avalancha de ira represada por años, y que salía de mí por explosiones hiriendo a las personas que quiero y a mí mismo, se moviera por primera vez de manera consciente. Y mientras trabajaba con mi niño interior sentí la ira intensamente, y me quemó por dentro.

Y cuando terminó de salir, cuando ese bloque de mi cuerpo de dolor hubo dejado espacio en mi interior, me di cuenta de que debajo de mi ira siempre había estado el miedo. Miedo a no ser amado, a ser rechazado, a ser ignorado, a ser dejado de lado. Miedo a no encajar, a no recibir la aprobación de mis padres y profesores, a no poder expresarme, a estar solo. A ser invisible. Pero dejaré esto para otro post.

Por ahora los invito a que visiten este Streaming que hice sobre la ira para el proyecto Respira y Sonríe y amplíen un poco lo que estoy contando acá. La ira tiene una particularidad, y es que difícil aceptar que no sabemos manejarla. Nos cuesta aceptar que estamos enojados. Y a menudo, al reprimir la ira, nos deprimimos. Transformar la ira es una pieza clave para cultivar la paz y la estabilidad en nuestro interior. Por ahora, no más spoilers. Los dejo con el video. Hasta la próxima.

 

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