Con el sol entre los ojos

1.

Andrés, en la clase de meditación de ayer, dijo lo siguiente: “Si uno está consciente, cada paso puede ser una experiencia mística”. Y… ojalá. pero parece difícil. Difícil. ¿por qué? Bueno, supongo que en parte se lo tengo que atribuir a la forma en la que nos enseñan a conectarnos con la espiritualidad en Colombia: a través de la religión. Y ¿qué tiene eso? Que la relación con la religión generalmente es lejana e inaprensible. Como los techos de las iglesias a las que asistimos, Dios y el bien y los curas y todo lo religioso parece algo… que está en otra parte y es claramente diferente a nosotros. En nuestra religión y en la práctica de la espiritualidad colombiana nos enseñan que tenemos que esforzarnos por ser mejores, y que el camino para ser mejores, o sea más parecidos a Dios, es el de la renuncia. De nuevo, ¿qué tiene esto? pues que crea la sensación de que siempre estamos en deuda para establecer nuestra conexión con Dios. Creemos que tenemos que cambiar primero para acercarnos a su amor incondicional. Que es imposible que merezcamos y/o podamos acceder a su presencia y bondad siendo nosotros mismos, en nuestras actividades cotidianas, justo en el momento de la vida en el que estamos, sintiéndonos como nos sentimos. Entonces cuando llegamos a la meditación, que entendemos que es una práctica espiritual (y lo es) la relacionamos con la religión y nos parece que tenemos que vincularnos con ella como nos vinculamos con Dios. Nos parece imposible aceptar que podemos recibir la paz y apertura de su práctica de forma inmediata. Creemos que nos tenemos que esforzar para llegar al amor y conexión que nos proporciona. Sentimos que tenemos que superar las “cosas negativas” que pensamos y hacemos antes de poder disfrutarla abiertamente. pero la meditación es todo lo contrario. Nos invita a observar quiénes somos sin juzgarlo (sin juzgarnos). Entiende que la forma de acceder a estados más… elevados, digamos, es aceptando el momento en el que nos encontramos. Y nos pide que no castiguemos a los lugares de nosotros que justamente necesitan más amor. Sí. Es raro. Yo sé. pero es muy emocionante darse permiso de sentir todas las cosas bonitas de la meditación antes de pretender ser perfectos. Y, sobre todo, es muy emocionante darse cuenta de las creencias que uno tiene adentro, en la cabeza, sí, y también inscritas en las paredes del corazón. Desmontarlas y transmutarlas es un proceso liberador. Reconocer que existen y son parte de nosotros nos ayuda a tener compasión por nosotros mismos y por todos los otros que tienen el mismo sistema de creencias. Nos ayuda, entre otras, a saber que la identificación con “lo malo” muchas veces tiene su raíz en sentirse indigno de acceder a sentimientos “buenos” como el amor o la paz. Y… bueno, permitirse practicar la paz y el amor, en este contexto de caos y culpa… es muy punki. *Suspiro*.

 

2.

Este es un diálogo de una de mis series favoritas de Netflix, The OA (Original Angel):

 

    “—Bueno, ehm,… ¿Qué es una casa?

    —¿A qué te refieres?

    —¿Qué es una casa?

    —No lo sé.

    —Sí, lo sabes.

    —Es solo… No sé. ¿Un espacio?

    —Un espacio. Bien. Y ¿qué es un espacio?, ¿una casa?, ¿una escuela?, ¿una iglesia?, ¿una clínica? parte de ti lo sabe, parte de ti siempre lo supo, ¿no es así¿?

[…]

    —Así es que se conectan, ¿verdad? Las dimensiones… A través de espacios. […] pensé que estaba perdiendo la cabeza. 

    —No. Solo estás hallando nuevas habitaciones dentro de ella.”

Y… ¿por qué lo escribo acá? pues porque no puedo evitar pensar en Mundo Nuevo cuando escucho la palabra “Escuela”. Entonces pensar en la escuela, en Mundo Nuevo, como un portal me puso la piel de gallina. A veces no dimensionamos (dimensionamos, ¡ja!) que los lugares de aprendizaje son un lugar de conexión con cosas muy profundas. El otro día, en una meditación con noveno, les propuse que bajaran hasta el centro de la tierra, para sentir su calor y llenarnos de él en el frío de la mañana. Después, cuando llegamos allá con ayuda del tambor y de la respiración, les pedí que invitaran a todos los otros jóvenes de Pereira y el mundo, allá, al centro de magma, a visitarlos. Y fue genial. Creo que casi todos pudimos sentir la fuerza del vínculo que se generaba. De repente, en ese espacio seguro, las preguntas por la soledad, el propósito, las tareas, la obediencia, ¡las preguntas por todo! se potenciaron. La inquietud por el futuro del mundo creció. Y, entonces, cuando se creó el vínculo, empezó a surgir una energía como de lucha. Era una energía tozuda, terca, rebelde, que creía en el amor, en el poder de mantener el corazón abierto y ser auténtico. Ah. Ese día sentí que el colegio, los salones, los uniformes, la declaración simbólica de “estoy en tal grado”, y todo lo que nos rodeaba eran todos códigos a través de los cuales los jóvenes se podían vincular con todos los otros que los usan o han usado. En ese momento sentí que esos símbolos eran puertas y no cadenas. No sé si eso tenga mucho sentido siendo leído, pero intenten hacer ese ejercicio: Mediten sobre los salones de clase, sobre los uniformes, sobre el espacio del colegio, y véanlos, por un momento, como si fueran portales energéticos a todas las dimensiones en las que han existido, e inviten a la energía de todos los seres que los han habitado o usado, a que vengan de visita. ¿No sienten la energía?, ¿no sienten la sangre hervir?, ¿no sienten el poder de estar juntos? Mundo Nuevo (que se llama M u n d o  N  u e v o) fue para mí el permiso, el portal, para recuperar mi fuerza juvenil, para abrir las preguntas que el paso del tiempo me hizo creer que estaban cerradas: ¿Qué significa el colegio?, ¿por qué tengo que hacer las tareas?, ¿puedo faltar a clases si tengo frío?, ¿la educación tiene algún propósito? Y… ahí voy. Nos vemos en el centro de la tierra. Que nadie apague el fuego que mantiene gravitando nuestros corazones.

3.

A ver… No sé cómo decir esto. Lo que voy a decir no es un secreto para nadie, pero aparentemente está mal visto asegurarlo. Ejem. Dos puntos: TODOSLOSPROFESORESTENEMOSESTUDIANTESFAVORITOS. Fiuf. Muchachos, profes, es así: Todos nos conectamos más con algunos de ustedes. Y… sí. Mis niños favoritos, generalmente, son los niños raros. Jaja. En serio: los que no tienen muchos amigos, los empáticos, los solitarios, los que tienen sueños locos, los que saben que pueden hablar con objetos que a otros les parecen inanimados, los silenciosos, los que creen que son invisibles así se cuelguen del cuello unos audífonos morados gigantes. ¡Ja! Y ¿por qué? pues porque yo también era uno de esos niños, y desde mi esquina silenciosa esperaba que algún día alguien notara mi brillo, el sol que siento que me sale de la frente. Hay un cuento que habla de eso y me encanta desde que tengo como once años: “Con el sol entre los ojos”, en el que una niña se da cuenta que es la única que puede notar que Gustavo tiene un sol entre los ojos. (El cuento, por cierto, está en un libro de cuentos de amor entre niños, que se llama “No somos irrompibles” de Elsa Bornemann, que me regaló Andrés, mi tío, el otro profe, hace muchos años, que fue de las primeras personas que notó mi sol). Y… pues… yo me sentía como Gustavo y como la niña. Sabía que yo tenía algo raro y podía ver la rareza (la luz) de los otros. Más adelante, en mi adolescencia, me encontré con otro libro que describía lo mismo. El libro es Demian, de Herman Hesse, y decía que los que tenían una marca en la frente podían ver la marca de los otros. Esa marca, en este caso, era una señal. Y la historia también transcurría en un colegio. Ah. Muchachos, lo que les quiero decir, en el fondo, es que los veo. Que así se escondan detrás de sus gafas, trenzas, chaquetas, monos y bufandas… los vemos. Sabemos qué se siente ser demasiado sensibles. Ehm. Sí. ¿Ustedes lo sintieron?, ¿pudieron ver los caminos que se crearon entre nuestros soles?, ¿saben que pueden volver a recorrerlos cuando se sientan raros, solos? Muchachos invisibles, muchachos raros: Acá estamos. En el fondo sabemos que somos más. Que si quisiéramos y nos juntáramos, podríamos encender el fuego en el mundo: podríamos transformarlo. Brillen su propia luz. ¡Son mis favoritos!

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