Hagamos que cada segundo cuente

Hace un año estaba sentada en la camilla que me habían asignado en la sala de urgencias, llevaba ya tres o cuatro días allí. Era mi segunda entrada en menos de un mes. Venía de un proceso de sanción de por lo menos un año y medio. El último mes había empeorado a gran velocidad, pero los últimos 10 días prácticamente podía ver como mi cuerpo se desvanecía poco a poco, había perdido prácticamente un kilo diario. En ese momento pesaba 37 kilos. Estaba cansada física, mental y emocionalmente. Había perdido muchas cosas en ese momento pero lo que más me dolía era lo que faltaba por perder. Mi posibilidad de respirar, de ver la luz sobre las montañas en la mañana, de escuchar la risa contagiosa de Andrés y verlo dormir, de acariciar el pelaje de Lito y Shifu, de volver una vez más al Lago Atitlán. Me di cuenta de lo mucho que amaba mi existencia en este magnífico planeta. Supe que no quería irme y sin embargo parecía que debía irme. Algo dentro de mí se despertó. Se relajó. Se entregó a algo más grande. Algo dentro de mí se dio cuenta de la forma más real y concreta de que no estaba separada, de que hacía parte de todo. Una voz dentro de mi dijo “Si esto es todo, hagamos que cada segundo cuente” El mundo en esos días se volvió muy liviano, muy bello, todo tenía esa indescriptible belleza intrínseca, tan difícil de explicar en palabras. Me convertí en cazadora de momentos felices. Los buscaba con insistencia y los encontraba donde fuera que mirara.

Sentada en esa camilla, siendo consciente de la levedad de mi existencia, sabiendo que quizás no podría salir de allí para ver la luz en las montañas o acariciar a los gatos o visitar una vez más a Keith en el Lago Atitlán. Estaba para mí la risa de Andrés, no sé cómo se las arreglaba para reír, pero lo hacía y yo lo agradecía profundamente. Estaban las señoras de las camillas de los lados dándome recetas para la anemia, las enfermeras que trabajaban sin parar y siempre eran amables a pesar de estar tan cansadas, todas las personas que fueron a visitarme y cuidaron de mí, el sonido del agua del grifo, el sonido de mi corazón, el sonido de mi respiración, los pequeños momentos en que lograba descansar, el doctor que me operó y que nunca me habló con miedo o con lástima y que en últimas salvó mi vida, todos mis maestros estaban allí conmigo, Keith y Barbara, Thay, Pao y Gus. Sin sus enseñanzas no habría podido estar preparada para algo así.

Apenas ahora estoy empezando a comprender el impacto de esta experiencia en todos los aspectos de mi vida. Todo lo que aprendí. Lo que pude conocer de mi misma gracias a haber vivido y sobrevivido todo esto. Todavía me parece un sueño, pero en realidad fue más bien un viaje a lo profundo de mi misma, un viaje de transformación y sanación que sacudió todos mis cimientos, un milagro. Gran parte de quien era hace un año, en efecto desapareció. Murió. La persona que soy hoy recuerda todo esto con algo de extrañeza, casi como si le hubiera ocurrido a alguien más. Sin embargo, agradezco cada uno de esos momentos en los que sentí miedo, dolor, cansancio, frustración, ira, desesperanza, desamparo, soledad, tristeza, vergüenza. De cada momento aprendí algo valioso. Cada momento despertó en mí una fuerza que no creía tener, una voluntad de vivir que no conocía, cada momento me hizo transformarme en este nuevo ser que es la versión más feliz, tranquila, compasiva y sabía que recuerdo de mi misma. Tuve mi noche oscura del alma y la sobreviví.

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