Soy hermosa por fuera y por dentro

La vereda se llama Mundo Nuevo. Queda saliendo de la ciudad, subiendo la montaña por una carretera destapada en la que se van esquivando ciclistas, jeeps Willys, chivas y perros. Muchos perros. Los gatos no hay que esquivarlos: lo miran a uno pasar mientras toman el sol en los techos.  Igual que las vacas. Vacas enormes de ojos enormes que lo miran a uno subir y subir con cierto escepticismo. Con infinita paciencia. Estos para dónde irán, parecen preguntarse, mientras siguen pastando en medio de un paisaje verde congelado en el tiempo. Ah, y los políticos también miran. Es época de elecciones y en la puerta de cada finca, en las ventanas de las casas, los candidatos sonríen. O intentan hacerlo.

Del otro lado de la montaña, a unos pocos kilómetros de distancia, se alcanza a ver El Remanso, uno de los barrios más calientes de la ciudad. Todos los días, por una trocha que une el barrio y la vereda, transitan numerosos niños y jóvenes que escapan de la drogadicción y la violencia en su barrio, y en Villa Santana y Las Brisas (otros dos barrios cercanos, igual de calientes), en cuyos colegios se viven situaciones muy complicadas, y buscan una mejor educación en el colegio de la vereda. Por las noches, por ese mismo camino, transitan otras personas que se esconden en los recovecos de la carretera para emboscar vehículos y atracar a los estudiantes universitarios que viven en las fincas y suben ya tarde en la noche. El Remanso parece un pesebre tranquilamente instalado en la montaña, pero cuando hay balacera los estruendos de los disparos se escuchan claramente por toda la vereda. Y por las veredas de más arriba también: El Aguacate, La Estrella, el Chocho e incluso La Bella.

Mundo Nuevo y el Remanso se observan mutuamente. Mantienen una conversación silenciosa. Cada tanto, un nuevo grupo de casitas aparece en el horizonte, como otro pequeño paso que la ciudad da para acercarse a la vereda. Y esos pasos se sienten. El paisaje no es lo único que se transforma. Hay un tráfico de gente, palabras, ideas, deseos.

Nosotros somos tres. Mi esposa Gisela, mi sobrina Mariana y yo. Trabajamos juntos. Dos veces a la semana vamos a Mundo Nuevo a compartir con los y las estudiantes del colegio de la vereda. El proyecto en el que trabajamos, que este año 2019 recibió el apoyo del programa de Concertación Nacional del Ministerio de Cultura, se llama Respira y Sonríe. Dura doce semanas, en las que cada grupo con el que trabajamos recibe una hora semanal de meditación. Es el séptimo año consecutivo que realizamos el proyecto, y el segundo consecutivo que visitamos el colegio de Mundo Nuevo.

Los tres somos muy malos madrugando, así que usualmente vamos cogidos de la tarde. Riéndonos y pensando qué nos irá a dar para el desayuno doña Luz, la señora de la tienda, a la hora del descanso.

A menudo nos preguntamos, mientras subimos por la carretera de la vereda, por qué lo hacemos. Por qué madrugamos. Por qué vamos hasta el colegio a sentarnos en círculo con jóvenes entre los 11 y los 19 años para respirar juntos.

Y entonces llega la claridad de sus palabras. En hojas de papel en las que van escribiendo cómo se sienten en los talleres, los jóvenes que participan del programa ponen:

 

“Mi yo interior me ayudó a solucionar mis preguntas justo cuando se piensa que estaba solo”

“Al principio sinceramente pensé que iba a ser algo aburridor pero cuando nos empezaron a dar las clases cambió mi forma de pensar porque nos ayudaron con las meditaciones a darnos valor, a controlar nuestras emociones y es algo chévere porque a veces no encontramos ayuda pero en estas clases sí”

“Sólo queda agradecer por hacerme sentir viva, porque llegaron en el justo momento en que sentía que muchas cosas no tenían sentido y dejaba a un lado las cosas lindas que habían pasado durante todo mi día para ponerle más atención a aquellas pequeñas cosas que no eran tan buenas. Gracias por enseñarme a sentir mi respiración y plasmar todos mis sentimientos en libreticas que liberan el alma… Simplemente gracias por volverme a hacer sentir viva y valorar las pequeñas cosas que llenan el alma”

“Me di cuenta que valgo y merezco mucho más de lo que to creía, ya que lastimosamente siempre fui una persona muy insegura de mí misma, y de lo que hago con ustedes aprendí que soy muy valiente así no lo crea y que la única que a veces importa más soy yo y que cada vez que me enoje o quiera gritar primero debo pensar muy bien antes de actuar y que soy hermosa por fuera y por dentro.”

 

Somos tres. Y mientras vamos dando tumbos de hueco en hueco por la carretera que de Pereira lleva a Mundo Nuevo, sabemos que nuestro viaje tiene sentido. Que no hay nada más divertido ni más profundo que compartir día a día con esos seres mágicos, bellos por fuera y por dentro, que han olvidado su belleza, que a menudo se sienten solos y que piensan que no hay esperanza. Somos tres que vamos a Mundo Nuevo a encontrarnos con los niños invisibles. Para verlos. Para decirles que existen, que son valiosos y que los amamos. Que fuimos como ellos. Que también hubieron días en que pensamos que nadie nos comprendía. Y que también nos sentimos solos. Y que hay una salida. Y que esa salida es hacia dentro, hacia el centro del corazón. Al encuentro de nosotros mismos y de nuestra propia luz. Respirando y sonriendo.

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