Lo que sea que pase no los voy a regañar

Respira y Sonríe es un proyecto de Mindfulness y Cultura de la Paz dirigido a adolescentes. El año 2019 el proyecto fue recibido por la Institución Educativa Mundo Nuevo, una vereda cercana a la ciudad de Pereira.

Trabajar con los jóvenes de Mundo Nuevo fue para mí una experiencia extremadamente enriquecedora, llevo ya unos 4 años trabajando con jóvenes y la verdad todavía siento algo de miedo cuando entro a un grupo de muchachos. Todas las mañanas sin excepción me sentí nerviosa al principio del día. Fue una experiencia retadora,no por ellos que en realidad fueron muy amables, sino por mí, por mi propia adolescente interior.

Cuando trabajas con adolescentes en entornos escolares hay que encontrar formas alternativas de saber qué piensan y cómo se sienten, a excepción de unos pocos nunca te darán esa información de forma voluntaria y mucho menos en presencia de sus compañeros, nada que los haga parecer sensibles, es decir “débiles”, nada que los haga parecer especiales, diferentes, es decir “raros”.

Esto deja por fuera prácticamente toda oportunidad de crear un espacio de confianza, de intimidad que permita ir más profundo en el viaje de conocerse a sí mismo, su rostro permanece neutro mientras tú intentas decir algo que los inspire, algo que los haga sentirse seguros, algo que los haga recordar que son hermosos tal y como son. Difícilmente te dirán en voz alta nada sobre su mundo interno, tendrás que adivinar, trabajar a tientas, a veces parece que están completamente aburridos, desinteresados y en realidad están escuchando cada palabra que dices, están poniéndote a prueba. Están asegurándose de que no eres un adulto más que intentará imponer su visión del mundo sobre ellos. Sobre todo quieren saber si eres otro adulto que dice una cosa pero hace otra. Quieren saber si hay coherencia, es decir seguridad, raíz.

Para acercarme a ellos tuve que conectar con mi adolescente interior, con lo que viví y sentí siendo adolescente, el deseo de ser reconocida por mis pares y el terror de que no lo hicieran, el profundo deseo de ser protegida por los adultos, y al mismo tiempo querer que me dejaran ser y explorar, sentirme completamente perdida y sin propósito, aprender tantas cosas acerca de cómo funciona el mundo sin tener realmente ninguna guía, nadie que te hable honestamente sobre ciertos temas tabú, la idea de que mi existencia era innecesaria, tener tanta ira en mi interior, tener tanta tristeza y miedo, sentirme tan avergonzada de mí misma que prácticamente no podía respirar, sentirme fea, mi complejo de inferioridad/superioridad dependiendo de con quien me encontrara.

Todo esto tuve que mirarlo de nuevo, encontrarlo, reconocerlo y abrazarlo muchas veces en plena clase. Muchas veces sintiendo que a pesar de mis años de experiencia enseñando Mindfulness, meditación y yoga a todo tipo de personas, en todos los rangos de edad, en todos los entornos posibles, no sabía qué hacer. Sólo sabía que no quería verter sobre ellos la responsabilidad de hacerme sentir bien, que no quería obligarlos a estar interesados porque simplemente no es posible obligar a nadie a interesarse, no quería pasar horas con ellos actuando como si todo estuviera perfectamente bien simplemente porque estaban en silencio, es decir “juiciosos”.

Una vez escuché una conferencia de María Teresa Andruetto en la que insistía una y otra vez en que los niños y jóvenes eran sujetos de derecho y que sus derechos por estar en estado de indefensión prevalecían a los de los adultos. Cada día entiendo más: qué tan profundamente estamos heridos como sociedad, como cultura, todos fuimos violentados, irrespetados, tratados como menos que humanos por los adultos, y parecía normal porque éramos niños, niñas o jóvenes y no teníamos poder para defendernos.

Mi acuerdo interno cuando trabajo con niñas, niños y adolescentes es tratarlos con el mismo respeto con que trataría a un adulto, nunca grito, no uso tonos irónicos o déspotas en mi voz, no los ridiculizo, no los obligo a estar de acuerdo conmigo, no los intimido…bueno, a veces todavía los regaño, y ya sabemos que los regaños son un dispositivo de intimidación, se puede poner límites y ser claros de forma tranquila y amorosa. Esto me pasa especialmente cuando estoy cansada, y no sé qué hacer y me siento insuficiente como educadora. Muchas mañanas en las que sentía nervios por no saber qué hacer para que la actividad fluyera con algún grupo lo único que podía pensar era “lo que sea que pase no los voy a regañar” y pedía ayuda al universo para no reaccionar de forma agresiva, para recordar que no estoy siendo atacada, que no es personal y que todos son seres de luz, seres humanos, sujetos de derecho.

Los jóvenes de Mundo Nuevo me han enseñado cómo ser una mejor persona, ayudaron a sanar a mi adolescente interior, y en las cosas que escribieron (escribir funciona un montón) nos contaron que habían encontrado refugio en sus corazones, que al principio no confiaron mucho en nosotros y en lo que les proponíamos pero que luego sí, que les encantó visualizar y buscar su animal tótem, que aprendieron a calmarse en momentos de estrés, a calmar emociones difíciles, que aprendieron que son valiosos y que su valor no depende de lo que hagan, algunos nos contaron que les gusta meditar porque hay que estar quieto mucho tiempo, otros que no les gustó el yoga o estiramientos como ellos lo llaman porque les dolía el cuerpo.

Todos dijeron que recomendarían el taller a un amigo. TODOS.

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